Mariana multiplica la sopa en Santa Capilla

Su nombre es Mariana Guerrero, pero bromea y dice que acude desarmada a la entrega de sopas, aquellos caldos humeantes que se despachan cada martes en Santa Capilla para alimentar a hombres vestidos de harapos, mujeres con sonrisas enmudecidas y niños hambrientos, cuyas miradas reproducen gestos de agradecimiento. Se trata de la “olla solidaria” más grande de la ciudad, una iniciativa que denota urgencia por la premura que imponen las jarras recicladas de plástico que sustituyen los platos. Tampoco hay mesas, solo los bancos de una nave de iglesia. La obra, que suma dos años en la basílica menor, es articulada por esa misionera de espiritualidad salesiana, que, en lugar de maldecir la oscuridad, ha sabido ser antorcha de misericordia para animar con pequeños destellos de esperanza a familias empobrecidas. Oriunda de Colombia, posee el temple de quien ha decidido postergar sus ambiciones personales para entregarse a los demás. Hoy, en medio de las condiciones más adversas que ensombrecen el país, la fe ha sido su arma más eficaz, la única con la que se defiende en su propia guerra espiritual. Mariana conoce también el sinsabor de la muerte: una lesión en su hígado la dejó en terapia intensiva durante 12 meses, una experiencia encarnizada que, años más tarde, se repitió durante dos meses, esta vez, por una pancreatitis. Los países de Centroamérica han sido su mayor templo. Allí atendió y enseñó, también, a leer y escribir a niños de la calle. De profesión docente y psicoanalista, no es cualquier voluntaria en Santa Capilla, es la bisagra, la encargada de poner la sazón a la sopa de la providencia, que se reparte en el corazón del aquel templo, como si se tratase del mismo cuerpo de Cristo. También es la responsable de peregrinar los mercados de la ciudad en busca de la mejor verdura. “Es un ejercicio de humildad, es un morir para dar, un esmerarse por hacer, y algunos se escandalizan porque tocan la realidad de fondo. Vivimos embebidos en nosotros mismos y esta sociedad nos quiere egocéntricos. Si me convierto puedo invitar a una conversión social”, advierte la salesiana. Aquel milagro del pan, que demanda 80 kilos de verduras, 700 litros de agua y alrededor de 20 kilos de carne, se sirve justo frente al cuadro de la “Multiplicación de los panes” de Arturo Michelena, y congrega, algunas veces, a más de 500 personas cada martes. Y aunque su trabajo siempre parece el mismo, los resultados son extraordinarios: es, sin mayor parsimonia, el escándalo de calentar la barriga a los hambrientos para facilitar el encuentro con Dios y también para ayudar a devolverles su dignidad.

Si vas a Santa Capilla, en la avenida Urdaneta, la encontrarás cada martes, de 9:00 a.m. a 2:00 p.m.
Fotos: Luis Morillo

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